martes 10 de agosto de 2010

MARAVILLAS DE LA CREACIÓN

“¿Quién eres tú para dudar de mi providencia y mostrar con tus palabras tu ignorancia?” Job 38.2

El diccionario define ciencia como: “Tipo de conocimiento sistemático y articulado que aspira a formular, mediante lenguajes apropiados y rigurosos, las leyes que rigen a un determinado sector de la realidad.” Y tengo un especial aprecio por la pequeña palabrita, tan pocas veces tomada en cuenta, “aspira”. Sin importar cuánto avance, el conocimiento humano es siempre provisional y fragmentario.

Pero olvidando las obvias limitaciones del conocimiento, y de las posibilidades de conocimiento, humano, muchos se erigen en poseedores de las llaves de los misterios de todo cuanto existe. Y no solamente inventan explicaciones más que fantasiosas sobre el origen y desarrollo de la realidad física, sino que derivan de ellas “principios universales” que afectan todas las áreas de la vida.

El problema es que para hacer eso, debe negar los principios sobre los que alega basarse. Como muestra nos detendremos en solamente tres: las leyes de la termodinámica; la ley de la biogénesis; y las leyes formales del pensamiento (lógica).

La primera Ley de la Termodinámica se conoce como entropía y dice, en pocas palabras, que la materia se disgrega. Todo se mueve hacia su desintegración, hacia el caos. Pero hasta un niño puede observar el orden y armonía del Universo. Si es una Ley física que todo se diluye, ¿quién puso en orden el Universo, y lo mantiene así? La Biblia declara que es Dios, hay quien diga que el caos produjo el orden. ¿Cuál tiene más sentido?

Hasta quien ignora todo sobre biología sabe que los perros se reproducen como perros y los caballos como caballos; los mosquitos como mosquitos y los seres humanos… a veces es posible dudar. Pero más básico que eso es que solamente un ser vivo puede producir otro ser vivo. Una piedra jamás producirá vida, ni siquiera una simple célula. Aunque algunos eminentes “doctores” sostienen que es así. De un caldo de minerales, en un mar de azufre, tocado por un rayo cósmico fortuito hace millones de millones de siglos de años (¿exagerado? ¡No!) inició el primer destello de vida… ¿Suena eso “adecuado y riguroso”? Las Escrituras sostienen que el creador y dador de vida es Dios, pero hay quien prefiere creer en el caldo, el mar y el rayo cósmico. ¿Cuál tiene más sentido?

Si entendemos estas palabras es porque aceptamos que el pensamiento puede expresarse por ellas, y que podemos organizar ese pensamiento, y acomodar las palabras que lo expresan, siguiendo ciertas reglas o leyes que lo gobiernan. Esos principios son tan universales y simples que podemos casi intuitivamente distinguir pensamientos erróneos de pensamientos adecuados.

Entonces, si las evidencias de una creación especial y un Creador inteligente son tan fuertes, ¿por qué la gente se empeña en negarlas? La respuesta no es, como muchos imaginaríamos, de orden intelectual. En el fondo, la negación de algo tan evidente no se debe a argumentos o principios, más bien es la reacción consecuente del pecado, una decisión voluntaria de negar a Dios y desconocer su voluntad: “Los necios piensan que no hay Dios.”

Los cielos, la tierra, la vida, los astros, el átomo y los planetas… todas las maravillas de la creación nos hacen contemplar la sabiduría, el poder y el amor del Creador que hizo todas las cosas “buenas” (Génesis 1.31). Es verdadera ciencia reconocer las evidencias, atenerse a ellas y aceptar las consecuencias que de ellas se derivan. Eso es riguroso y adecuado.