Un viejo himno, que mi abuela me cantaba cuando niño, dice:
"Nuestros mayores, en prisión,
morían firmes, sin pesar.
Merecen nuestra imitación:
¡Antes morir, que pecar!"
morían firmes, sin pesar.
Merecen nuestra imitación:
¡Antes morir, que pecar!"
Faith of our fathers - F.W.Faber; H.F.Hemy; J.G.Walton.
Me siento triste. Me entristece profundamente ver la situación de raquitismo espiritual de que sufren la mayoría de los que se proclaman cristianos, un raquitismo tal que los lleva a pactar con el mundo, desoír los claros preceptos de Cristo y apostatar de la fe que con sangre y fidelidad nos legaron nuestros padres. "¡Oh, almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios." (Santiago 4.5).
Por ganar el favor del mundo muchos están dispuestos a darle a los hombres la honra que solamente Dios merece. La insensatez llega al extremo de afirmar que honrando así a los hombres Dios se agrada. Hacen vanos los testimonios de la Escritura que nos habla de valientes jóvenes que permanecieron fieles a Dios, aunque amenazados de se lanzados al horno. Leemos la historia de valiente hebreo que se negó a inclinarse ante el opresor tirano, aunque fuese esta la excusa para querer acabar con todo el pueblo. Nos narra la Escritura que el destemido profeta obedeció al Señor, aunque significase enfrentar el foso de los leones. Si así fue bajo la Antigua Alianza ¿Cuánto mayor reverencia deberíamos tener los que conocemos al Rey de reyes y Señor de señores? Idolatrar al hombre mortal, por más autoridad que goce en el mundo, es una afrenta a la Majestad de Dios y una negación de la soberanía de Cristo. Dios nos manda a respetar y honrar a las autoridades, no a rendirles homenajes divinos. ¿Dónde hay aún 7000 que no doblen sus rodillas? (Hebreos 11.32-38)
Como extranjeros y peregrinos somos agradecidos por las tierras que nos acojen, nos cobijan y alimentan. Con alegría y sin murmuración pagamos los tributos y obedecemos sus leyes, pero bajo ningún concepto nos involucramos en sus negocios. Menos aun, idolatramos sus glorias seculares. Los filósofos, psicólogos y sociólogos mundanos son más perspicaces que muchos teólogos y predicadores "cristianos" al percibir que la sujección a banderas, símbolos e himnos es simplemente idolatría. Además, los himnos de todos (o casi todos) los países hablan de guerra, muerte y exaltación propia. Y nadie, en su sano juicio, podría decir que eso es compatible con el espíritu cristiano. "Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él." (Romanos 8.9) Nuestros hermanos en el pasado, y muchos en la actualidad, han entregado sus vidas por fidelidad a Jesucristo. Él es el único digno de honra, loor y adoración. A él la gloria, en su iglesia, para siempre y siempre.
El Señor Jesús predicó enfáticamente sobre la separación y disconformidad con los valores del mundo (Lucas 16.15; Juan 17.9, 14-16). Fue confirmada por los apóstoles como la marca de la verdadera experiencia crisitiana (Romanos 12.2; 2Corintios 6.14-18; Santiago 1.27; 4.1-10; 1Pedro 2.9,10; 1Juan 2.15-17) Y, no obstante tener tan amplio apoyo de las Escrituras y ser una enseñanza tan clara, es tan descuidada (para no decir, llanamente, negada) por los que profesan ser seguidores y discípulos de Cristo.
No hay lugar para la excusa pueril de que "los cristianos deben afectar a la cultura donde viven". Si nos sometemos a la voluntad de Dios, escuchamos su palabra y obedecemos sus preceptos, Dios usará a su iglesia para transformar no solamente la cultura, sino el mundo como tal. El plan del Señor excluye claramente los métodos y estrategias mundanas y, por simple inferencia, podemos darnos cuenta que quienes las usan no están haciendo la voluntad de Dios, más bien se constituyen en sus enemigos. Si la iglesia, y cada cristiano individualmente, desea cumplir con su llamamiento, entonces debe humillarse ante el Señor y no ante el mundo. "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él." (1Juan 2.15).


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