“No olvidaréis el pacto que hice con vosotros, ni tendréis dioses ajenos; mas temed a Jehová vuestro Dios, y él os librará de mano de todos vuestros enemigos.” 2 Reyes 17. 38-39.
El amor de Dios es eterno y fiel. Desde el inicio el Señor ha tomado la iniciativa de amar y llamar a su pueblo a una relación de alianza, amistad y protección. La majestuosa voz del Altísimo, mansa y suave cual murmullo, ha sido, es y será un poderoso escudo contra el error, la desviación y la infidelidad. La palabra nos insta a hacer memoria del Señor y sus poderosos hechos.
Es vano confiar en el poder, o en los gobernantes. Es una pena que tantos, aun entre los que profesan ser hijos de Dios, confíen en la fuerza de su propio brazo o en la prudencia de la propia sabiduría. Lo único constante e inalterable es el amor del Padre, que al compungido otorga amplio perdón y paz. El amor del Señor nos impulsa a hacer de él constante memoria.
La memoria del Señor está viva en su creación, en su Palabra y en su amor. Con humilde corazón hagamos memoria del Señor en lo íntimo de cada uno de nosotros, recordando que, en Cristo, su pacto es nuevo y eterno…
“He aquí vienen días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo; y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y sus iniquidades.” Hebreos 8. 8-12.



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